domingo, 30 de septiembre de 2012

VÍCTIMA




Sintiéndose culpable porque otro sábado
temprano va a soñar con su libido lívido.
Creyendo la mentira de que un día, un príncipe
vendría a rescatarla de su hechizo mágico:
"mutár a ser normal de la ciudad de plástico."

No sabe la pantalla es realidad simbiótica
con la brutal mentira del discurso trágico.
Sus sueños son la angustia de su vientre párvulo
mezclado con la furia que engendra su estrógeno:
"la salvaje inocencia de su instinto básico."

Su  historia es la angustia de neuronas vírgenes,
que saben de teorías pero no de prácticas.
Que saben de alegrías pero nunca orgásmicas.
Escucha melodías con historias cíclopes:
"la simple anestesia de su alma nostálgica."

Todo mal simulado en sus ojos tímidos,
todo encaminado a una vida lógica.
Luchando por librarse de aquel golpe psíquico,
cambiando o mejorando cada vez su táctica:
"a veces menos triste, a veces más simpática."

Pero ese destino, ese trago insípido
le arranca en la penumbra una roja lágrima.
Aunque teme su vientre nunca sea grávido,
aun temiendo a su instinto se la acabe el crédito:
"esconde la mirada en la ciudad hipócrita."

Juan Mario Leivas

sábado, 29 de septiembre de 2012

RETROCESO



Del corazón, del alma o de mi puño...
sangrante y taciturno, ambulatorio,
parte este grito del oscuro invierno
en el que suele anidar mi amor y mi odio.

Cuando por doquier, encuentro rasgos
de virtudes nefastas en tu rostro,
clamo clemencia: para el "YO" vencido,
clamo la justicia: casi a cualquier costo.

Siendo tu sonrisa, calidez serena,
siendo tu pasado, crueles terremotos.
Siendo yo un esclavo de mis sueños rotos,
quiero ser futuro que drene tu pena.

Pero así, querida, no puede mi magia...
si en tus soledades, no está mi recuerdo...
si tus alegrías de hoy, yo me las pierdo,
si para tu amnesia, solo soy nostalgia.

No puedo o no quiero, no sé, no preguntes
apenas si atisbo a hallar un consuelo
para la mirada que alteró mi vuelo.
Esa, tu mirada, que en mi, no se extingue.

Y siempre habrá un pero, aparentemente
que trunque las vetas de amor florecientes,
porque ya he asumido ser sobreviviente,
porque en vos se cierne la culpa sirviente.

No llegará nunca ya, ese momento,
que a glosa lampiña, la verdad te grite,
diciéndote aquello que mi boca omite;
mentiré tan solo, que ya no te quiero.

Juan Mario Leivas